Reconocer la realidad

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Mi madre no votó la Constitución. Estaba cuidando a mi hermana recién nacida en la clínica. Habrá quien haya celebrado la aprobación de la Carta Magna. Nosotros, más prosaicos, nos vamos de cumpleaños. Además, de un tiempo a esta parte, aumenta el número de los que dicen que hay que reformarla. Incluso ya lo incluyen sin tapujos en sus programas electorales. El hecho en sí, desnudo de otras consideraciones que me apresuraré a tener en cuenta, me parece ciertamente positivo. El éxito de los humanos como especie no es otro que el de su capacidad de adaptación, habitando a día de hoy en todos los climas del planeta y, si bien el cambio suele provocar recelos, – por el miedo que nace del desconocimiento – salir de nuestra zona de confort es algo que deberíamos trabajar desde nuestra infancia.

Si esto se hacía siempre así. Así lo hemos hecho toda la vida. Y otras lindezas por el estilo denotan las reticencias de aquellos que están cómodos con la rutina habitual. El cambio es algo de lo que son plenamente en el mundo empresarial, en constante movimiento a velocidad de vértigo, sin embargo en la cosa pública, parece que a muchos se les anquilosan las articulaciones cuando se trata de cambiar el statu quo.

La Constitución del 78 consagró el estatismo. Ha sido el soporte de aforamientos, de tribunales inútiles. Puso al Estado por encima del Individuo. Llenó de instituciones inútiles y poco prácticas el panorama social. Alimentó la partitocracia y las diferencias ante la ley de los que son de la partida y los que no lo somos. Y ha permitido enterrar a Montesquieu en una tumba de nombramientos cruzados y carnés de partido. Si hay que hacer todo como siempre se ha hecho seguiría pues funcionando la esclavitud, por ejemplo. No olvidemos tampoco que cuando el poder no está al servicio de los ciudadanos, quitándoles el fruto de su trabajo para convertirlo en lo que leemos todos los días en prensa, no andamos muy lejos de las antiguas galeras o de los campos de algodón.

Así pues, cambiar las cosas, hay que cambiarlas. Dudar de todo. Espíritu crítico. Pero hay que hacerlo para mejor. No tengo vocación de cangrejo. Tenemos unos tics ideológicos en esta tierra nuestra muy poco racionales. Somos víscera. Ponemos de ejemplo a países que creemos funcionan mejor, pero pretendemos lo contrario de lo que ellos hacen. Queremos el paro de Dinamarca o Suecia pero obviamos deliberadamente que allí no existe salario mínimo interprofesional o la indemnización por despido es mínima cuando no nula. Su mercado laboral es altamente flexible. Nos quejamos de lo que hacen con nuestros impuestos pero pedimos más impuestos. No queremos que abran los comercios en domingo, pero vamos a comprar a la tienda que sí abre. Y así hasta el infinito. Pretender que las grandes multinacionales se instalen aquí, por nuestro sol, es de lo más estúpido que he oído últimamente. Bajemos los impuestos y ya me dicen.

Para poder cambiar algo y que funcione se impone un análisis certero de las causas, con ojos limpios. Y eso me temo que no está al alcance de nuestros políticos. No por ahora. Los partidos del hemiciclo, los que están y los que vienen, lo pasan todo por un tamiz ideológico sumamente estrecho. Estrecho de miras. El Estado del Bienestar es bueno, y si se demuestra lo contrario es que los hechos están mal.

De este modo, mientras no se reconozca que los países más libres son los más prósperos, que las leyes han de controlar al poder y a los políticos, que cualquier cosa, por el mero hecho de escribirla en un papel no se convierte en un derecho si efectivamente no lo es, por muy bonito que suene, en fin, que la realidad no puede ser superada por una ficción, por muy votada que esta sea, no habremos avanzado nada. Si queremos hacer nuevas constituciones, habrá que determinar lo que funciona mal de esta. O estudiar por qué funcionan las que funcionan. Y eso se me antoja complicado. ¿Políticos reconociendo que llevan cuarenta años viviendo del cuento?, no, no acabo de verlo hoy por hoy. Llámenme loco.

José Luis Montesinos

@jl_montesinos

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