Se vende

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La Comunitat Valenciana es un territorio en venta, o, si me apuran, en riesgo de ser adquirido por usucapión. No tiene dueño claro, hecho que contradice su firmeza histórica y asentamiento identitario. Lo es por acción propulsada desde el exterior y por la desidia de la mayoría social incapaz de percibir el riesgo, como aquella gacela tontuna que ignora el hocico del felino a centímetros de su trasero: en unos segundos acabará entre las fauces del clan de los Mufasa. Los avatares políticos de las últimas cuatro décadas han fabricado, de una sólida roca, un cúmulo de materia viscosa amorfa, excesivamente dúctil. Ya no se dan por supuestos principios otrora indiscutidos y el ciudadano valenciano se ha visto envuelto en la vorágine del temor a la exclusión o el anhelo infantil de aceptación y reconocimiento. Incluso el valencianismo tradicional parece mimetizar formas, que no fondos, del catalanismo: la desafección por lo español vende, como vende el GH 17. ¿O era 18?

La Comunitat Valenciana, el Reino de Valencia, será mientras España mantenga su integridad. Si la segunda cae víctima de la desmembración, de la personalidad valenciana sólo quedarán los primeros pisos de uns castells que se jalearán en los pueblos de la Cataluña del sur – en minúscula, por si acaso- como ya se jalean los correfocs. “Puro españolismo el tuyo”, dirán muchos. Ojalá sólo la emoción rigiera mi proceso analítico, algún opiáceo sanaría los males. Demasiado fácil. La mayoría de valencianos se envuelven en la enseña nacional cuando el proceso catalanizador se encarniza sin saber bien por qué. Las redes sociales se trufan de comuniones vexicológicas: la Coronada de Pere el Cerimoniós y la de Carlos III aparecen hermanadas en una hermosa perspectiva y rememoramos los vivas a Fernando VII y los deseos de muerte a Napoleón de un Palleter entregado a la causa borbónica. Recordamos nuestra condición de súbditos de la Corona española, salvaguarda de nuestra identidad específica, creemos, muchas veces ingenuamente. El valenciano nunca entenderá ser español como lo entiende el albaceteño, ni el albaceteño jamás entenderá nuestra manera particular de ser españoles, pero unos y otros lo somos. Así como los científicos observan cómo el oso polar, mamífero úrsido, pasa la mayor parte de su tiempo nadando en el mar como paso previo, en cámara súper lenta, a su regreso definitivo al hábitat marítimo, el castellano es incapaz de comprender cómo, delante de su apéndice nasal, unas regiones asimilan a otras, pasito a pasito, con tal de alargar la eslora de su barco en la partida. Ignora el extremeño, el gallego, el leonés, el valenciano ingenuo, que el único objetivo del catalanismo es ése: la construcción del enganche definitivo a Cataluña. Trabajar por una sociedad más justa, progresista, de hombres y mujeres libres e intelectualmente formados es el cascarón del gran huevo podrido.

Afirmó alguien una vez, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, que el fascismo del futuro vendría disfrazado de antifascismo. Así, los obsesos del catalanismo nos acusarán de obsesos del anticatalanismo, los irracionales nos acusarán de irracionales, los incívicos de incívicos, los pueblerinos de rurales, los fascistas de franquistas, los antieuropeístas de autárquicos, y nosotros, como cándidas y temblorosas gacelitas abrumadas por el espesor de la sabana, giraremos el rostro contra el viento esperando el mordisco en el culo antes de ser devorados.

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