Trump y la silla de ruedas

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Seguro que ustedes no recuerdan el encumbramiento mediático del que fue el primer alcalde tetrapléjico de la historia de España: el bonrempostí Jesús Raga. Éste alcanzó la dignidad de presidente de la corporación local por el fallecimiento de la anterior alcaldesa socialista, Vicenta Bosch. El acto de toma posesión fue cubierto por todos los medios de comunicación nacional; Bonrepòs i Mirambell se convirtió en foco -efímero- de todas las miradas. La socialdemocracia «buenista» henchía el pecho; todo estaba bien. Pero las cámaras y las unidades móviles con su grandes parabólicas sobre el techo se marcharon y nunca tendrían ocasión de contar –ni ánimo de hacerlo- cómo, a espaldas del ilusionado primer edil, muchos de los que habían acudido entregados a la celebración de banderines y confeti, ponían en entredicho su capacidad gestora debido a la discapacidad física: «Pero si el pobre no puede ni mover la cabeza, imagínate llevar un ayuntamiento…», llegué a escuchar de algún convecino por aquel entonces.

Apenas un año después, en las elecciones de 2011 inmediatamente posteriores a su nombramiento, el pueblo no respaldaría al joven discapacitado. Fue sobradamente superado por el candidato del PPCV, Fernando Traver, joven como él pero de caminar erguido y apariencia atlética, quien alcanzaría la mayoría absoluta y la vara de mando. ¿Dónde habían quedado aquellas palmaditas en la espalda, los vítores y los abrazos bajo el calor de los focos del circo televisivo?

La mayoría de la gente, en realidad, no cree en lo «políticamente correcto» ni en aquella socialdemocracia «buenista» que lo impone. Está sobradamente demostrado que silencia una disconformidad que sí llega a expresar tras una tupida cortina en un sobre cerrado a lengüetazos.

La victoria de Trump es parte del mismo fenómeno: el agotamiento del modelo europeo del bienestar forzadamente importado a tierras yanquis por Obama. Los americanos están hartos de panfilismos amigos de hiyabs, de «victimaciones» de minorías raciales y de ciertas colectividades, de celebraciones histriónicas y exhibicionistas bajo banderas multicolores o de la apertura desordenada e indiscriminada de fronteras a inmigrantes y refugiados.

Hillary era mujer, era demócrata, esposa de un presidente y hasta Bruce Springsteen le cantaba pomposo al oído; tenía todas las papeletas para ganar, y, sin embargo, el votante la percibió como representante de un sistema tetrapléjico que, a bordo de una silla de ruedas a motor en movimiento mecánico y forzado, se empeña en la creación y multiplicación de los monstruos que lo acabarán destruyendo. Que Donald J. sea o no uno de esos destroyers a los que se les ha abierto espacio, sólo el tiempo lo dirá.

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