Els bichets piquen, pero no mosseguen

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Se ha intentado hacer pasar el incidente del hotel ‘El Bichet’ de Denia como uno de esos en los que unos ‘castellanos’ hacen desprecio de la Lengua Valenciana en la tierra de donde es propia. He procurado seguir con bastante atención el asunto, y de la información publicada y de las reacciones posteriores, puedo deducir que el conflicto no debió originarse por razones puramente lingüísticas, sino que éstas últimas se habrían convertido en el pretexto con el que justificar y agravar la posterior denuncia de los jóvenes clientes expulsados. Me atrevo a afirmar que, como en otras tantísimas ocasiones, el infractor se habría revuelto para poder acabar siendo visto como el agraviado. Créanme si les digo que el ladrón grita un desgarrador -¡socorrooo!- cuando está siendo legítimamente detenido. La juventud de los implicados, el alto nivel de catalanización de esa comarca alicantina, así como el hecho de que el establecimiento, aunque propiedad de unos madrileños, se llame ‘El Bichet’ –si tanta animadversión les genera la lengua vernácula, ¿por qué darle un nombre en tal idioma?-, así como la utilización del asunto por colectivos soberanistas, de este y del otro lado del Cenia, me lleva a concluir que de un enfrentamiento producto del consumo ilegal de una sustancia estupefaciente en público, se ha querido construir un relato que dé continuidad a la teoría del ‘castellano’ invasor y avasallador. Hasta aquí lo que ya viene siendo costumbre. Lo que me ha dejado perplejo es la posterior adhesión de valencianistas, militantes sin mácula, al aluvión de ataques a los propietarios del establecimiento hotelero, considerando a éstos representantes, voluntarios o inducidos, de un movimiento de aniquilación de lo valenciano. Ha servido la polémica, pues, para justificar el acercamiento de los jóvenes valencianoparlantes a un catalanismo que se oferta garante de la singularidad.

Siendo claro, desde que falleciera el General Franco y España transitara a una democracia plena, los ataques ‘castellanos’ a la lengua únicamente provienen de individuos, de espontáneos, que hacen gala de su reprobable mala educación. Por mucho que nos esforcemos en crear y creer en una especie de ‘monstruo mesetario’, éste, o no existe, o está sobredimensionado, más allá de rivalidades futbolísticas que uno comparte, por supuesto. Los valencianos, ténganlo claro, hablarán y escribirán la lengua que ellos (nosotros) queramos, sin que cuatro chalados en camisa de tirantes, domingueros en su mayoría, puedan hacer nada por cambiar eso. Pero algunos se empeñan en desenvainar, alargar y bruñir con sus escupitajos el sable del Caudillo para usarlo como un rentable negocio de captación y fidelización de clientes así como de contención de discrepancias. Lo que más me jode es que esas formas o modos catalanistas están siendo mimetizados por un valencianismo político que se resiste a una transversalidad lingüística en la que, al menos yo, creo. Por supuesto que el régimen franquista apartó el valenciano de la vida oficial y trató de reprimir con utilización de ingeniería social su uso en las relaciones sociales y económicas -si es que era otro su estatus antes de la victoria ‘nacional’-. Claro que lo trató como un idioma de rango inferior, un dialecto para uso puramente doméstico o coloquial, pero, prescindiendo en el análisis de las ‘causas’, los ‘efectos’ de la política lingüística de la dictadura -al uso francés en términos teóricos-arrinconaron a la Lengua Valenciana, pero no la aniquilaron, y, como se dice en estos casos, a las pruebas me remito. El Estado Central, y en su confusión más o menos acertada con el Reino de Castilla –discusión ésta que se debería abordar después de superado el proceso jingoísta-, hace mucho que abandonó la estructura de represión lingüística, por lo que la persecución institucional, el presunto ‘terror de estado’, quedó inerte. Más al contrario, ha sido excesivamente poco intervencionista –cuando no colaborativa con los nacionalismos periféricos-, con resultados claramente desfavorables para sus intereses. ¡¿Quién, por Tutatis, no tiene clara la verdadera amenaza a la lengua vernácula?! Si el franquismo -habrá quien me lo rebata pero el valenciano hablado por mis abuelos así me lo demuestra- en su guerra lingüística se limitó a quedarse erguido en el quicio de la puerta a observar con cierto desprecio paternalista a los que en el interior moraban, el catalanismo transgrede ese limes metafísico para entrar como elefante en cacharrería y desbaratar el ajuar al completo: busca la aniquilación en cualquiera de los ámbitos de uso lingüístico. Este elaborado plan sí cuenta con estructura y logística institucionales –no de Estado a pesar suyo- y está tan plenamente vigente que, hoy, en las calles de Adsubia cuelgan unas ridículas -por pequeñitas- banderas cuatribarradas con motivo de sus fiestas patronales sin que nadie se atreva a arrancarlas con la rabia de la Razón. De las rojitas carmesí con siete estrellas blancas de cinco puntas en el centro, ninguna he visto.

El colonialismo catalán, aunque de origen tan ibérico como el jamón de recebo, lo es ahora al uso británico: frío, cruel en extremo, puritano, germánico, segregacionista… El castellano, sin embargo, conquistó las Américas con fiereza y crucifijo, pero también se abandonó a las prácticas lúbricas con el pueblo sometido provocando el mestizaje, y sírvanse de la metáfora como mejor gusten.

Lo bueno de ser un verbo libre, que milita sólo filosófica y no políticamente, es la libertad para expresar sin compromiso lo que se piensa: El valencianismo se equivoca al copiar las tácticas victimistas del catalanismo –el consumidor siempre acabará eligiendo el original y no la copia- y vuelve a errar en el señalamiento de los enemigos: un Borjamari o una Cuqui, a bordo de un Mercedes de segunda mano, vociferando entre esputos, no facturan catalanismo. Anden y busquen en los institutos de secundaria y en las universidades, molt valencianes elles, molt dolçaineres i tabaleteres, de ‘mocaor’ al cap, las factorías de alienados ‘fumaporros’ que s’en caguen en la puta Espanya porque le sale dels seus collons fusterians. ¡Ea!

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