¡Qué boniques les albaes melianeres!

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Como el valencianismo bien sabe, don Álex Esteve, presidente de la PLV, fue invitado a asistir a una de las periódicas tertulias que celebra el Partido Popular de l’Horta Nort; esta vez el tema a tratar: el valencianismo del PP, visto desde fuera del PP. Interesante.

A pesar de soportar las predecibles presiones ambientales y con el riesgo de ser anatemizado, don Álex aceptó valientemente el envite. Allí se presentó, ilusionado y cargado de una batería de verdades y propuestas. Con la suavidad propia de los formalmente correctos y prolijo en argumentos, respondió que no a la cuestión de si el PPCV es un partido valencianista. Claro que no. Justo en sentido contrario lo hizo a la cuestión de si podía llegar a serlo, siempre con los hechos y no con promesas volátiles. Vino el joven mislatero a arrostrarles frente sus vergüenzas. ¿Que cómo reaccionaron los populares participantes? Con la declamación de una evocadora poesía en Lengua Valenciana y la interpretación de una albà por un mismo muchacho de innegable entusiasmo. Que no digo yo que no sea hermoso y edificante este ejercicio artístico de valencianía, pero si no llega a ser porque uno ha sido fervoroso fallerito de fajín al cinto y ofrena a ritmo de pasodoble, y eso cura de espanto, patidifuso me hubiera quedado. Como señaló jocoso don Salvador Fructuoso, allí presente, a los asistentes sólo nos restaba gritar en coro bien avenido, ¡tots a una veu, vixca la Mare de Deu!. Finalmente, y entre otras intervenciones, el secretario general del PP de Valencia y ex diputado en Cortes, don Vicente Ferrer, recordó efusivo para un solo público que quienes habían introducido el catalanismo eran los catalanistas. ¡Ñas coca!

El PPCV, sus miembros, parecen no asumir del todo los errores cometidos. Son conscientes de que algo pasó, pero las campanas les suenan lejanas y dudan por quién tañe el bronce del badajo. Allá en lo alto, en la atalaya del que sabe que recaudará votos por obra y gracia del caprichoso destino, se pierden en sus cuitas internas, más orgánicas que ideológicas, y ni tan siquiera otean el escenario más que plausible de su disolución en comunión con la identidad que no quisieron o no tuvieron el valor de defender.

No dudo que volverán a gobernar, a ocupar las instituciones, pero tampoco dudo de que el crédito se les agotará en el preciso instante en que esos que se educaron -y se educarán- bajo su tutela descuidada apliquen con todo rigor el axioma por el que los populares quedan plenamente excluidos de la ecuación política.

Y sin embargo, ahí estaremos.

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