Sírvanse del mismo plato

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Se multiplican estos días las protestas de colectivos de defensa del castellano contra la aplicación de los últimos decretos del actual Consell dirigidos a aplicar un trasunto del modelo lingüístico catalán.

De repente, los ciudadanos de las comarcas castellanoparlantes ven como se les coacciona para que sus hijos estudien en “valenciano” a cambio de adquirir unos conocimientos mínimos de la lengua inglesa y se les expida un título oficial que lo acredite. Más aún, los profesores interinos de aquellos territorios que no certifiquen el grado medio de conocimientos en “valenciano” se exponen, por muy valencianos de origen que éstos sean, a ser excluidos de las bolsas de trabajo a las que pertenecían en favor de catalanes, baleares o andorranos. No se da puntada sin hilo ¿En serio creyeron alguna vez los ciudadanos de aquellas comarcas estar a salvo de la voracidad catalanista por el mero hecho de expresarse en la lengua cervantina? El proyecto catalán siempre ha contado con ellas para su construcción nacional, y si no se avienen por las buenas, créanme, lo harán por las malas.

Entiendo que desde el Bajo Segura o la Plana de Utiel las disputas lingüísticas suenen como un eco lejano, pero es de una ingenuidad temeraria haberse creído ajeno e impermeable al proceso catalanizador. Fue, en conclusión, un error estratégico desentenderse de la defensa de la soberanía de una lengua que no se sentía como propia, aunque lo es. Se deshizo la unión pétrea de dos caras de una misma cultura, de la posibilidad de alcanzar una simbiosis perfecta en el posfranquismo; de ese proceso de desestructuración consiguió grandes réditos el catalanismo. La Lengua Valenciana cayó pisoteada por un ejército de quintacolumnistas gazmoños y pesebreros, huérfana de contrafuertes que sostuvieran el empuje agresor. Una vez superado el, para ellos, obstáculo, proseguirán con la aniquilación social del castellano y la uniformización habrá culminado. Girar la cabeza hacia atrás asidos fuertemente a la bandera nacional buscando el auxilio del gobierno central, del aparato del Estado, de España, resultará inútil y sólo encontrarán la sonrisa burlona del que está ocupado en regar su propio huerto. De ese plato ya nos hemos saciado.

Huyo del leguaje lírico y de la épica romántica del regionalismo, sin embargo, no puedo dejar de afirmar que el destino ha querido que los valencianoparlantes y los castellanoparlantes de esta tierra compartan una misma lucha; el antagonista es el mismo. El que no lo entienda así, no ha comprendido las claves y entresijos de este conflicto.

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